Queridos hermanos, pongámonos en la presencia de Dios y pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine en este momento de oración. Ven, Espíritu de Dios. Ven, luz divina. Ven a encender nuestro corazón y nuestra mente para escuchar con provecho la Palabra del Señor y para que nuestra vida sea siempre ese deseo de vivir cerca de Él.
Hoy contemplo el Evangelio tomado de San Marcos (7, 31-37), donde Jesús se encuentra con un hombre sordo y tartamudo. Lo llevan ante Él con la esperanza de un milagro, y Jesús, con una ternura que desarma, lo aparta de la multitud, toca sus oídos, toca su lengua y pronuncia esa palabra aramea que resuena hasta hoy: “Efetá”, es decir, “Ábrete”.
He meditado profundamente este pasaje, y lo hago no solo como pastor, sino como un hombre que vive en medio de una sociedad que ha dejado de escucharse. Hoy veo con claridad que la sordera y la mudez de aquel hombre representan nuestras propias incapacidades espirituales: no escuchamos a Dios, no escuchamos al hermano, no hablamos con verdad, no hablamos con amor.
Vivimos rodeados de ruido, de opiniones que se imponen, de discursos que hieren, de palabras que no construyen. Y, sin embargo, seguimos sin escuchar lo esencial. Nos cuesta ponernos en el lugar del otro, comprender su dolor, su historia, su lucha. También nos cuesta hablar desde el corazón, con sinceridad, con esa verdad que libera y no destruye.
Jesús, al apartar al hombre de la multitud, me recuerda que la sanación comienza en la intimidad. Él no hace un espectáculo. Él se acerca, toca, suspira, ora. Ese suspiro profundo es la compasión del Hijo que se une al dolor humano y lo transforma. Y cuando pronuncia “Efetá”, no solo abre oídos físicos: abre un corazón cerrado, abre una vida que estaba atrapada en el silencio.
Hoy, como sociedad, necesitamos ese “Efetá”. Necesitamos que Jesús toque nuestras heridas, que abra nuestros oídos para escuchar la verdad, que abra nuestra boca para proclamar palabras que sanen y no destruyan. Necesitamos dejar que Él nos aparte del ruido del mundo para hablarnos al corazón.
Creo firmemente que Dios sigue haciendo todo bien, incluso cuando no entendemos sus caminos. Él actúa para nuestro bien, para nuestra salvación, para nuestra conversión. Pero también espera que nosotros nos dejemos tocar, que permitamos que su gracia abra lo que hemos cerrado por miedo, orgullo o indiferencia.
Hoy me presento ante Él como aquel hombre sordo y mudo. Le entrego mis resistencias, mis silencios cobardes, mis palabras que no edifican. Le pido que me lleve a solas con Él, que ponga sus dedos en mis oídos y toque mi lengua. Que me diga de nuevo: “Efetá”, para que mi corazón se abra a su gracia, mis oídos a su verdad y mis labios a su alabanza.
Y le pido lo mismo para nuestra sociedad: que aprendamos a escucharnos, a hablarnos con respeto, a construir puentes donde hoy hay muros. Que dejemos de lado la dureza del juicio y recuperemos la ternura del encuentro.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades. Antes bien, líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

