Hoy me presento ante ustedes con el corazón abierto, porque la Palabra que escuchamos ilumina una de las verdades más profundas de nuestra fe: Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Esta afirmación, pronunciada por Jesús en el evangelio de San Marcos (12, 18-27), no es una idea abstracta; es una certeza que transforma la manera en que vivimos, sufrimos, recordamos y esperamos.
Ven, Espíritu de Dios, ilumina nuestra mente, enciende nuestro corazón, fortalece nuestra voluntad para conocer la palabra del Señor. Ayúdanos siempre en el camino del seguimiento de Jesús. Danos la paz en nuestro corazón, la alegría en nuestra vida. Hoy escucho a Jesús dialogar con los saduceos, quienes niegan la resurrección y reducen la vida eterna a categorías humanas. Ellos preguntan desde la lógica, pero Jesús responde desde la verdad: la vida que Dios promete no es una prolongación de lo terreno, sino una existencia plena en Él.
He acompañado a muchas personas que viven años enteros en un luto que se vuelve identidad. Recuerdo a aquella mujer que vestía de negro desde la muerte de su madre. No era costumbre ni moda; era miedo a soltar, miedo a aceptar que la muerte no es final, sino paso. Y pienso en cuántos de nosotros, aun creyendo, seguimos atrapados en ese mismo temor. A veces olvidamos que quien muere en Cristo no se apaga, sino que entra en la vida para la cual fue creado.
Hoy Jesús me recuerda que la resurrección no es un concepto para discutir, sino una esperanza para sostenernos. Dios ha creado al ser humano para la vida, y su amor es más fuerte que la muerte. Lo proclamo cada semana, pero también lo experimento cuando acompaño a familias que, en medio del dolor, descubren que la fe no elimina la ausencia, pero sí ilumina el horizonte. La resurrección de Cristo es la garantía de nuestra propia resurrección; es la respuesta de Dios al anhelo humano de plenitud.
Vivo en una sociedad que con frecuencia actúa como si la muerte tuviera la última palabra. Nos preocupamos por lo inmediato: el éxito, la salud, los bienes, los problemas cotidianos. Todo ello tiene su lugar, pero no define nuestro destino. El cristiano vive con los pies en la tierra y el corazón orientado hacia la eternidad. Cuando miro la vida desde la resurrección, también miro el sufrimiento de otra manera. Las pérdidas no son rupturas definitivas; son heridas que sanan en la esperanza. Quienes han partido no desaparecen: viven en Dios.
Este evangelio me invita a no encerrar a Dios en mis esquemas. Los saduceos querían comprender la vida eterna desde categorías terrenas. También yo corro ese riesgo cuando pretendo que Dios actúe según mis ideas, mis tiempos o mis miedos. Jesús me recuerda que la vida eterna no es una copia de esta vida, sino una plenitud que ahora apenas intuimos.
Señor Jesús, tú eres la resurrección y la vida. Te doy gracias porque has vencido el pecado y la muerte y has abierto para nosotros las puertas de la vida eterna. Aumenta mi fe cuando las dificultades me hacen vacilar y fortalece mi esperanza cuando experimento el dolor, la enfermedad o la pérdida. Enséñame a vivir cada día con la certeza de que mi vida está en tus manos y de que nada podrá separarme de tu amor.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita. Ruega por nosotros para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

