Queridos hermanos, estamos iniciando la Cuaresma con este Miércoles de Ceniza. Pido al Espíritu Santo que abra nuestro corazón, que abra nuestra mente y que nos ayude a escuchar la Palabra de Dios en este tiempo cuaresmal. Hoy el evangelio es nuestro guía, nuestro camino, y nos concede la oportunidad de comenzar de nuevo.
El texto de San Mateo (6, 1-6. 16-18) me recuerda que la fe auténtica no necesita reflectores. Jesús nos invita a vivir la limosna, la oración y el ayuno desde la verdad interior, lejos de la tentación de convertir la fe en espectáculo. Lo repite con firmeza: el Padre ve en lo secreto, y es allí donde Él recompensa.
Mientras reflexiono sobre este pasaje, viene a mi memoria aquella familia que, tras la muerte de su madre, descubrió que ella había ayudado silenciosamente a decenas de personas. Nunca buscó aplausos. Nunca esperó reconocimiento. Su caridad discreta floreció en el silencio. Solo después de su partida, su familia comprendió la grandeza de su corazón. Esa mujer vivió el evangelio sin anunciarlo con trompeta.
Hoy, al iniciar la Cuaresma, me pregunto —y les pregunto— si no hemos caído en la tentación de aparentar más de lo que somos. Jesús nos advierte sobre la hipocresía espiritual: dar para ser vistos, orar para ser admirados, ayunar para ser reconocidos. Él nos llama a cerrar la puerta, a entrar en lo secreto, a reencontrarnos con Dios sin máscaras.
La limosna auténtica nace del amor, no del ego. La oración verdadera brota del silencio interior, no del aplauso externo. El ayuno sincero purifica el corazón, no la imagen pública. La Cuaresma no es un catálogo de prácticas externas, sino un camino de conversión que nos libera de la necesidad de ser aprobados por los demás.
He aprendido que la recompensa de Dios no es material. Es la paz que llega cuando dejamos de vivir para la mirada ajena. Es la libertad de saber que lo esencial ocurre en lo profundo del alma. Es la alegría de amar sin condiciones, de servir sin esperar nada, de caminar con un corazón transparente.
Por eso hoy le digo al Señor:
“Al iniciar este camino de 40 días, ayúdame a cerrar la puerta de mi corazón para encontrarme contigo en lo más secreto. Purifica mis intenciones. Que cuando dé, lo haga por amor y no por orgullo; que cuando ore, sea para escucharte y no para lucirme; que cuando ayune, sea para liberarme de lo innecesario y así tener espacio para tu Palabra. Que tu mirada sea mi única recompensa.”
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios.
No desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

