Semillas de Comunión…Corazón Que Se Deja Ver

by Enlace Noticias

Queridos hermanos, hoy hablo desde la hondura de mi ministerio y desde la verdad que el Evangelio me revela. He escuchado la Palabra, la he meditado, la he confrontado con nuestra realidad, y en este momento siento que el Señor me pide hablarle a la sociedad con claridad: la pureza del corazón no es un adorno espiritual, es una urgencia moral.

Celebro la memoria de San Juan María Vianney, el santo cura de Ars, y mientras lo recuerdo, me descubro preguntándome si yo mismo he permitido que la gracia transforme mi rostro como transformaba el suyo. Él vivía de la Eucaristía, respiraba reconciliación, caminaba con un corazón transparente. Y hoy, frente a su ejemplo, reconozco que la pureza que Dios pide no es ritual, no es apariencia, no es tradición vacía: es conversión interior.

El Evangelio de Mateo me habla con fuerza. Jesús me dice —y nos dice— que no es lo que entra por la boca lo que mancha al hombre, sino lo que sale del corazón. Y mientras escucho estas palabras, pienso en aquel sacerdote que me relató la visita de hombres armados que buscaban una bendición antes de hacer daño. Me estremece. Me duele. Me confronta. Porque ahí está el contraste más crudo entre tradición y verdad: recordar la bendición aprendida en casa, pero olvidar el mandamiento de no matar.

He visto cómo, en nuestra sociedad, damos más peso a costumbres heredadas que a la ley viva de Dios. He visto cómo nos aferramos a prácticas externas mientras descuidamos la conversión interior. Y lo digo en primera persona: también yo puedo caer en esa tentación. También yo puedo aparentar devoción mientras el Señor me pide sinceridad. El Papa Francisco lo ha repetido: el corazón es el lugar donde no se puede engañar. Y San Agustín lo confirma: si el interior se purifica, el exterior se ordena.

Hoy afirmo que vivimos en una época donde el sentido del pecado se ha debilitado. Hemos perdido el respeto profundo por la dignidad humana, por la vida del otro, por la verdad que libera. Nos dejamos guiar por voces que no ven, por presiones que nos desvían, por líderes que son ciegos conduciendo a otros ciegos. Y cuando eso ocurre, todos caemos en el hoyo.

Por eso, hoy me dirijo a la sociedad con una convicción que nace del Evangelio: la pureza que Dios quiere es un corazón sencillo, humilde, transparente. Un corazón que no se esconde detrás de ritos, que no maquilla la mentira, que no disfraza el odio, que no justifica la violencia. Un corazón que se deja ver.

He vivido, he acompañado, he escuchado. Y en todo ello he comprendido que la fe auténtica no se mide por lo que mostramos, sino por lo que permitimos que Dios transforme. La religiosidad superficial nos adormece; la conversión interior nos despierta.

Hoy le pido al Señor que limpie lo más profundo de nuestro ser. Que nos libre de una fe reducida a apariencias. Que nos devuelva la capacidad de reconocer el mal, de rechazarlo y de elegir el bien. Que nos regale un corazón puro, capaz de amar sin doblez, capaz de servir sin interés, capaz de mirar al otro con misericordia.

Crea en mí, Dios mío, un corazón puro. Y crea también en nuestra sociedad un corazón nuevo, capaz de caminar en la verdad.

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