Queridos hermanos, como cada día, hoy nos reunimos para escuchar la Palabra de Dios. En este tiempo de Cuaresma, donde la oración, la limosna y la penitencia se vuelven signos visibles de la transformación interior, pido al Espíritu Santo que fortalezca nuestros propósitos y nos ayude a cumplirlos con alegría, fortaleza y perseverancia.
El Evangelio de hoy, tomado de San Mateo (9, 14-15), nos presenta una pregunta que atraviesa los siglos: ¿por qué ayunamos? Los discípulos de Juan y los fariseos cuestionan a Jesús porque sus discípulos no practican el ayuno ritual. Y Jesús responde con una imagen luminosa: “¿Cómo pueden estar de luto los amigos del esposo mientras él está con ellos?”
Con estas palabras, el Señor nos revela que el ayuno no es una carga triste, sino un gesto de amor que nace de la ausencia, del anhelo, del deseo profundo de su presencia. Cuando Él está, hay fiesta; cuando lo arrebatan, el corazón aprende a esperar.
Hoy, muchos de nosotros hacemos propósitos de Cuaresma, pero no siempre desde el sentido auténtico. A veces reducimos el ayuno a lo material: dejar ciertos alimentos, suspender hábitos, incluso buscar beneficios personales como bajar de peso o “purificar” el cuerpo. Pero el Evangelio nos recuerda que el ayuno cristiano no es una dieta espiritual, sino un camino de conversión.
Jesús nos invita a ayunar de aquello que nos aleja de Él: nuestras pasiones desordenadas, nuestros egoísmos, nuestras palabras que hieren, nuestras indiferencias que enfrían el alma. El ayuno verdadero prepara el corazón para la unión con Cristo.
Este año, el Papa León XIV nos propone vivir la Cuaresma bajo el lema “Escuchar y ayunar”, recordándonos que la conversión no se limita a la privación de alimento. Él nos llama a desarmar el lenguaje, a practicar un ayuno de palabras hirientes, de juicios precipitados, de calumnias que destruyen la comunión. Nos invita a disminuir el ruido verbal para que crezca el espacio interior donde la voz del otro —y la voz de Dios— puedan ser escuchadas.
El ayuno, dice el Papa, ordena nuestros apetitos y despierta el hambre de justicia. La austeridad cristiana no es tristeza, sino libertad: la libertad de desprendernos del mal para abrazar el bien. Cuando ayunamos, creamos un espacio de hospitalidad en el corazón. Y esa hospitalidad se convierte en puente hacia los más necesitados, hacia quienes esperan ser escuchados, acompañados, acogidos.
La penitencia no es solo un acto individual; es una transformación comunitaria. Si cada uno de nosotros ayuna de aquello que hiere, nuestras comunidades se convertirán en lugares donde el sufrimiento ajeno encuentra consuelo y donde la esperanza puede renacer.
Por eso hoy elevo esta oración:
Señor, en esta Cuaresma enséñame a ayunar de aquello que hiere y ensancha mi corazón para escuchar a mis hermanos.
Que mi renuncia no sea solo de alimentos, sino de palabras que destruyen.
Haz de mi lengua un instrumento de paz y de mis oídos una casa abierta para los necesitados.
Transfórmame y, junto con mi comunidad, condúceme a la alegría de la Pascua. Amén.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios.
No desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

