Durante la reflexión dominical en el Templo del Señor de la Columna, el sacerdote Julio César Fajardo Aguilar cuestionó la manera en que la sociedad enfrenta la pobreza, la violencia y el sufrimiento, al advertir que existe una “ceguera” colectiva que impide reconocer la realidad del país y la dignidad de quienes viven situaciones de vulnerabilidad.
En su homilía, basada en el pasaje del Evangelio de San Juan sobre el ciego de nacimiento, el presbítero señaló que una de las tentaciones sociales más persistentes consiste en explicar las tragedias humanas como castigos divinos o en buscar responsables antes de comprender el origen del sufrimiento. Recordó que, en el texto bíblico, Jesús rechaza la idea de que la enfermedad sea consecuencia del pecado. “Ni él ni sus padres”, citó, para subrayar que las crisis humanas no deben interpretarse como condenas.
El momento más contundente del mensaje ocurrió cuando el sacerdote comparó la ceguera espiritual con la incapacidad de reconocer la situación social del país. “Les han dicho que el país está muy bien. La realidad es que no es cierto. Abran los ojos”, afirmó ante los asistentes. Añadió que, mientras algunos discursos se sostienen en cifras oficiales, la experiencia cotidiana muestra otra realidad. “Ustedes tienen las estadísticas, pero los funerales los tenemos nosotros. Los muertos los tenemos nosotros”, expresó al referirse a la violencia y sus efectos en las comunidades.
Fajardo Aguilar también retomó la figura de los fariseos del Evangelio, quienes discutieron si la curación del ciego era válida por haberse realizado en sábado, sin atender la necesidad del hombre que pedía limosna. Señaló que ese comportamiento refleja una doble ceguera presente en la sociedad actual: ignorar el sufrimiento de otros y no reconocer las acciones positivas que ocurren en medio de las crisis. “No vieron al necesitado. Lo ignoraron. No vieron la dignidad de la persona sufriente”, afirmó.
El sacerdote llamó a revisar la coherencia entre la vida pública y privada, al señalar que la rectitud no depende de la visibilidad de los actos, sino de la conciencia. “La santidad auténtica es lo que se hace cuando nadie ve”, dijo, al insistir en que lo importante es la integridad personal y no la apariencia social. “Lo que importa es lo que somos ante los ojos de Dios, no ante los ojos de los demás”, añadió.
Al concluir, retomó la metáfora de la luz y la oscuridad propia del tiempo de Cuaresma, al señalar que la luz permite reconocer la realidad y orientar la vida. “La ceguera incapacita, inmoviliza y margina. Por eso hay que dejar que Dios nos ayude a ver”, expresó. Como ejercicio espiritual, invitó a los fieles a iniciar cada día con la frase: “Señor, solo tú eres la luz”.
La homilía se centró en la responsabilidad de reconocer la realidad social, evitar la indiferencia ante el sufrimiento y revisar la vida personal desde la fe, en un contexto donde la violencia y la desigualdad continúan marcando la vida cotidiana de muchas comunidades.

