Política & Poder…Treinta y Tres Años Después: México Sigue Rezando Entre Balas

by Enlace Noticias

Por Amaury Sánchez G.

Hay fechas que no envejecen.

Fechas que regresan cada año como una herida que nunca cerró.

El 24 de mayo es una de ellas.

Guadalajara todavía carga aquel eco maldito de 1993 cuando las balas atravesaron no solamente el cuerpo del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo en el aeropuerto internacional, sino también la inocencia de un país que todavía fingía sorprenderse ante el poder del narcotráfico.

Treinta y tres años después, México sigue caminando entre muertos, rezos y miedo.

Y lo más doloroso no es únicamente recordar el asesinato de un cardenal. Lo verdaderamente terrible es aceptar que aquellas palabras pronunciadas por el cardenal Eduardo Pironio y el arzobispo Adolfo Suárez Rivera parecen escritas esta misma mañana para el México de 2026.

Porque la violencia irracional de la que hablaron no desapareció.

Creció.

Se multiplicó.

Se hizo gobierno en algunas regiones.

Se volvió paisaje nacional.

Aquella tarde de mayo de 1993 muchos mexicanos sintieron que algo se había roto definitivamente. La muerte de Posadas Ocampo no era cualquier crimen. No era el asesinato de un político corrupto, ni de un capo, ni de un comandante policiaco. Era el asesinato de un cardenal de la Iglesia católica mexicana a plena luz del día, en una terminal aérea internacional, frente a decenas de personas y bajo un operativo de seguridad inexistente o cómplice.

México descubría entonces algo que después terminaría normalizando: el crimen organizado ya no le tenía miedo al Estado.

Y quizá lo más grave era que el Estado tampoco parecía tener demasiadas ganas de enfrentarlo.

Durante años se nos vendió la versión simplona del “fuego cruzado”, la casualidad, la confusión entre vehículos y la teoría de que el cardenal estuvo “en el lugar equivocado”. Pero más allá de las teorías conspirativas o de las investigaciones oficiales, lo verdaderamente importante fue lo que aquel crimen simbolizó: el nacimiento público de un monstruo que llevaba años alimentándose desde las sombras.

Porque Guadalajara no era cualquier ciudad.

Jalisco no era cualquier estado.

Aquí se incubaron algunas de las redes financieras, empresariales y criminales más sofisticadas del narcotráfico mexicano. Aquí comenzó a mezclarse el dinero ilegal con sectores económicos aparentemente respetables. Aquí aprendieron los grupos criminales que podían convivir con empresarios, policías, políticos y estructuras de poder sin demasiado problema.

Y mientras tanto, el ciudadano común seguía creyendo que el narco era un asunto lejano, casi folclórico, reservado para películas, corridos y notas rojas.

Qué ingenuos éramos.

Hoy, treinta y tres años después, México ya no se escandaliza por la muerte de inocentes. Ese es el verdadero drama nacional.

Antes el asesinato de un cardenal paralizaba al país.

Hoy aparecen cuerpos desmembrados y la noticia dura menos que un video viral en TikTok.

Antes una ejecución generaba indignación nacional.

Hoy la gente revisa si la balacera ocurrió cerca de su colonia y continúa trabajando.

Nos acostumbraron al horror.

Y eso quizá es peor que la propia violencia.

Porque el crimen organizado ya no solamente controla rutas de droga. Controla territorios, economías, gobiernos municipales, policías, mercados, extorsiones, silencios y hasta campañas políticas. En muchas regiones del país la autoridad formal únicamente administra lo que el poder criminal permite.

Esa es la tragedia que nadie quiere admitir completamente.

México no solamente enfrenta inseguridad.

México enfrenta una peligrosa adaptación social al poder criminal.

Y Jalisco se convirtió en uno de los laboratorios más dolorosos de esa realidad.

Guadalajara, aquella ciudad orgullosa de su tradición, de sus universidades, de sus empresarios, de sus mariachis y de su identidad conservadora, terminó convertida en un territorio donde desaparecen jóvenes, donde las madres buscan restos humanos en fosas clandestinas y donde miles viven atrapados entre el miedo y la resignación.

Las palabras del arzobispo Adolfo Suárez Rivera siguen golpeando la conciencia nacional cuando preguntaba:

“¿No hemos permanecido callados ante las injusticias?” Claro que sí.

Todos, de alguna manera, fuimos dejando que la violencia avanzara poquito a poquito mientras fingíamos que no era asunto nuestro.

Los gobiernos culparon a los anteriores.

Los partidos utilizaron los muertos como propaganda electoral.

Muchos empresarios prefirieron guardar silencio para no afectar negocios.

Sectores sociales normalizaron la corrupción cotidiana.

Y buena parte del país terminó sobreviviendo bajo la lógica terrible de “mientras no me toque a mí”.

Pero terminó tocándonos a todos.

A unos mediante el miedo.

A otros mediante la extorsión.

A otros mediante el desempleo.

A otros mediante hijos reclutados por el crimen.

Y a miles mediante desapariciones que jamás encontraron justicia.

La deshumanización nacional avanzó lentamente mientras la clase política seguía disputándose el poder como si México no estuviera incendiándose.

Y aun así, el pueblo mexicano continúa resistiendo.

Porque si algo mantiene vivo a este país no son sus partidos ni sus élites. Son las madres buscadoras. Son los ciudadanos que todavía trabajan honradamente. Son los periodistas independientes que siguen denunciando aunque no reciban protección ni dinero. Son los jóvenes que todavía creen que México merece algo mejor que vivir entre fosas y balaceras.

Treinta y tres años después del asesinato del cardenal Posadas Ocampo, la pregunta sigue siendo brutalmente vigente:

¿En qué momento dejamos de indignarnos?

Quizá el verdadero peligro para México ya no sea solamente el narcotráfico.

Quizá el verdadero peligro sea acostumbrarnos tanto al horror que terminemos creyendo que vivir así es normal.

Y no.

No es normal.

No puede ser normal que las madres busquen cadáveres con picos y palas.

No puede ser normal que un niño aprenda a tirarse al piso antes que a leer.

No puede ser normal que el miedo dicte horarios, caminos y silencios.

Aquellas palabras pronunciadas en la Catedral Metropolitana de Guadalajara no eran solamente un discurso religioso. Eran una advertencia histórica.

Una advertencia que México no quiso escuchar.

Hoy, mientras el país sigue atrapado entre la violencia, la corrupción y el miedo, las campanas de aquella tragedia siguen sonando sobre Guadalajara como recordatorio de que cuando una nación se acostumbra a la muerte, comienza también a perder lentamente el alma.

“México: Del Asombro por un Cardenal Asesinado a la Costumbre de Vivir Entre Cadáveres”

“México no perdió la paz el día que mataron a un cardenal… la perdió el día que se acostumbró a los muertos.”

El crimen organizado no habría crecido tanto sin el silencio, la corrupción y la cobardía de muchos sectores del poder. Pero tampoco podrá derrotarse mientras el pueblo siga sintiendo miedo de recuperar su propia nación.

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