“La humanidad tropieza con la misma piedra… y todavía pregunta quién dejó esa piedra ahí.”
Por Amaury Sánchez
Dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Yo creo que la frase se quedó corta. El ser humano tropieza veinte veces, le toma una fotografía a la piedra, la sube a redes sociales, culpa al vecino por haberla puesto ahí y después organiza un debate para demostrar que en realidad la piedra no existe.
Algo parecido está ocurriendo en el mundo.
Mientras la tecnología avanza a velocidades que harían sonrojar a Julio Verne, la inteligencia política parece viajar en burro y con una llanta ponchada.
Estamos en 2026 y el planeta entero parece haberse inscrito en un curso intensivo llamado “Cómo repetir los errores del siglo XX sin sentir vergüenza”.
Lo más curioso es que ni siquiera estamos innovando. Ni para cometer tonterías somos originales.
Los europeos vuelven a hablar de armas. Los rusos vuelven a hablar de territorios. Los chinos vuelven a hablar de Taiwán. Los estadounidenses vuelven a pelear entre ellos. Y los políticos de medio mundo vuelven a descubrir que la mejor forma de ganar votos es convencer a la gente de que todos sus problemas son culpa de alguien más.
El menú es viejo.
Lo único nuevo es el empaque.
Porque la estupidez humana, como los refrescos, cambia de etiqueta cada temporada, pero el contenido sigue siendo el mismo.
Resulta que después de dos guerras mundiales, decenas de millones de muertos, campos de concentración, gulags, revoluciones sangrientas, genocidios y una colección de barbaridades suficiente para llenar bibliotecas enteras, hay quienes comienzan a pensar que tal vez el fascismo no era tan malo, que quizá el comunismo no era tan terrible o que las dictaduras tienen algunas ventajas interesantes.
¡Caray!
Es como si alguien visitara un hospital de quemados y saliera preguntando dónde venden gasolina.
Lo más preocupante es que estas ideas están encontrando eco entre generaciones que conocen las tragedias del pasado de la misma manera que conocen la Revolución Francesa: por videos de treinta segundos en TikTok.
Y ahí está el problema.
La historia dejó de enseñarse como experiencia humana y comenzó a consumirse como entretenimiento.
Muchos jóvenes saben quién ganó la última temporada de una serie, pero no tienen idea de quién fue Stalin. Conocen perfectamente a los influencers del momento, pero jamás han escuchado hablar del Holodomor. Pueden recitar de memoria estadísticas de videojuegos, pero desconocen por qué Europa quedó convertida en ruinas durante la primera mitad del siglo pasado.
Y luego nos sorprendemos de que algunos anden coqueteando con ideas que ya demostraron ser fábricas industriales de desgracias.
Pero tampoco sería justo culpar solamente a los jóvenes.
Los adultos hemos hecho nuestra parte.
Vaya que la hemos hecho.
Durante años las democracias prometieron prosperidad para todos y terminaron entregando prosperidad para unos cuantos.
Mientras los ciudadanos intentaban completar la despensa, algunos multimillonarios descubrieron que ya no sabían qué hacer con tanto dinero.
Mientras millones buscaban una casa, otros acumulaban edificios completos.
Mientras muchos luchaban por llegar a fin de mes, algunos discutían si comprar otro yate o una isla.
Y entonces apareció el resentimiento.
El resentimiento siempre llega cuando la realidad incumple las promesas.
Y cuando llega, aparecen también los vendedores de milagros.
Esos personajes que ofrecen soluciones tan simples que hasta parecen sospechosas.
«Todos tus problemas tienen un culpable.»
«Yo los voy a arreglar.»
«Confía en mí.»
Y como la desesperación suele tener menos paciencia que la razón, siempre hay quien compra el discurso.
La historia demuestra que los pueblos rara vez caen por falta de inteligencia.
Caen por exceso de enojo.
Cuando una sociedad deja de pensar y empieza a odiar, cualquier charlatán puede convertirse en profeta.
Por eso hoy vemos un fenómeno curioso.
La izquierda acusa a la derecha de destruir la democracia.
La derecha acusa a la izquierda de destruir la democracia.
Y mientras ambos se gritan desde trincheras digitales, la democracia observa desde una esquina preguntándose quién va a pagar los daños.
Las redes sociales tampoco ayudan mucho.
Fueron inventadas para conectar personas y terminaron especializándose en separar familias.
Hoy es más fácil encontrar a alguien que piense exactamente igual que uno que encontrar a alguien dispuesto a escuchar una opinión diferente.
Y cuando todos piensan igual dentro del mismo grupo ocurre algo fascinante: cada día piensan más extremo.
Es como una reunión de fanáticos donde el premio consiste en demostrar quién está más indignado.
El resultado es una fábrica permanente de enemigos imaginarios.
Y mientras discutimos sobre quién es más malo, el mundo sigue acumulando tensiones.
Europa se rearma.
Asia se militariza.
Medio Oriente arde.
Estados Unidos se polariza.
Y la humanidad completa parece caminar hacia una zona de turbulencia convencida de que el piloto automático resolverá todo.
La mala noticia es que la historia no funciona con piloto automático.
La buena noticia es que todavía estamos a tiempo.
Todavía podemos recordar que ningún partido político tiene el monopolio de la verdad.
Que ningún líder es indispensable.
Que ningún gobierno merece obediencia ciega.
Que ninguna ideología justifica aplastar la dignidad humana.
Y que las democracias pueden ser lentas, desesperantes y hasta irritantes, pero siguen siendo infinitamente mejores que los sistemas donde un hombre decide por millones.
Porque cuando las dictaduras prometen orden, generalmente entregan miedo.
Cuando prometen justicia, suelen repartir privilegios.
Y cuando prometen paraísos, terminan construyendo cementerios.
Por eso conviene desempolvar los libros de historia. No para vivir atrapados en el pasado.
Sino para evitar rentarle nuevamente el futuro a los mismos farsantes de siempre.
Porque la humanidad tiene una costumbre muy peculiar.
Olvida rápido.
Demasiado rápido.
Y cuando olvida, el Museo de la Estupidez Humana abre una nueva sala.
Lo verdaderamente preocupante es que, una vez más, hay fila para entrar.

