Durante el Ángelus celebrado este 1 de febrero de 2026 en la Plaza de San Pedro, el Papa León XIV dedicó su reflexión al Evangelio de las Bienaventuranzas, texto que calificó como “una página de la Buena Noticia anunciada a toda la humanidad”. Ante miles de asistentes, el Pontífice expuso una interpretación orientada a subrayar el papel de este pasaje como guía espiritual y como lectura crítica del momento histórico.
El Papa afirmó que las Bienaventuranzas funcionan como “luces en la penumbra de la historia”, al revelar el proyecto de salvación que, según la doctrina católica, se realiza a través de Cristo. Explicó que la enseñanza entregada en el monte constituye una “ley nueva”, inscrita en los corazones y no en la piedra, y que propone una transformación interior que, desde la perspectiva religiosa, puede contrastar con los criterios del mundo contemporáneo.
En su mensaje, el Obispo de Roma sostuvo que solo Dios puede declarar bienaventurados a pobres, afligidos, buscadores de justicia y constructores de paz, al ser considerado fuente de plenitud espiritual. Añadió que quienes actúan con mansedumbre, misericordia o pureza de corazón encuentran en esa relación la satisfacción de sus expectativas, mientras que en contextos de persecución o mentira, la fe se presenta como sostén.
El Pontífice señaló que las Bienaventuranzas resultan paradójicas para quienes conciben el poder y la riqueza como indicadores de éxito. Indicó que la aparente contradicción se disipa al observar la figura de Cristo, descrito como alguien que comparte su vida, persevera en el sufrimiento y enfrenta la muerte en cruz.
León XIV afirmó que Jesús “ilumina el sentido de la historia”, no desde la perspectiva de los vencedores, sino desde la de quienes, según la tradición cristiana, son objeto de la acción salvadora. Retomó una expresión del Papa Francisco para advertir sobre “los profesionales de la ilusión”, a quienes describió como figuras incapaces de ofrecer esperanza.
El Papa planteó que las Bienaventuranzas funcionan como un examen sobre la concepción de la felicidad, al cuestionar si se entiende como un bien acumulable o como un don compartido. Aseguró que, desde la fe cristiana, las pruebas se transforman en alegría “a causa de Cristo” y que la consolación no es futura, sino constante.
En el cierre de su alocución, el Pontífice afirmó que las Bienaventuranzas “elevan a los humildes y dispersan a los soberbios de corazón”, e invitó a los fieles a pedir la intercesión de la Virgen María, figura central en la tradición católica y reconocida como bienaventurada en los textos bíblicos.

