En su homilía del Domingo de la Divina Misericordia, el padre Julio César Fajardo Aguilar expuso una serie de reflexiones centradas en el discernimiento espiritual, el riesgo de las falsas revelaciones y la diferencia entre la paz cristiana y las nociones contemporáneas de bienestar. El sacerdote articuló un mensaje directo a la comunidad, utilizando expresiones contundentes para subrayar la necesidad de volver al Evangelio como fuente principal de fe.
El presbítero recordó que el Domingo de la Misericordia fue instituido para toda la Iglesia por Juan Pablo II, pero advirtió sobre la confusión frecuente en torno a las revelaciones privadas. Señaló que, aunque pueden existir, “no es el modo ordinario de Dios”, y enfatizó que muchos fieles se dejan llevar por mensajes no aprobados sin haber leído antes los textos fundamentales de la fe. En su expresión más directa afirmó: “Primero son los evangelios. Primero es el evangelio.”
Durante la homilía, el sacerdote relató casos pastorales para ilustrar la necesidad de discernimiento. Uno de los episodios más llamativos fue el de una mujer que aseguraba recibir mensajes divinos para modificar la liturgia. Fajardo fue categórico: “Lo que ocupamos es que tú vayas a la terapia. Ya después de ahí veremos porque el vino es parte del misterio.” Con ello subrayó que no toda experiencia subjetiva puede interpretarse como revelación.
El padre también cuestionó la proliferación de devociones no aprobadas, señalando que algunos fieles consumen mensajes y diarios místicos sin fundamento doctrinal. “Tengo un pueblo que les encanta leer ese tipo de revelaciones… Yo, cuidado”, expresó, insistiendo en que ninguna revelación privada puede contradecir la doctrina ni el magisterio.
Otro eje central de la homilía fue la reflexión sobre la paz. Fajardo contrastó la paz que ofrece Cristo resucitado con la noción contemporánea de bienestar individualista. Afirmó que “la paz es un regalo del resucitado”, no un estado emocional alcanzado mediante técnicas de moda, limpias o prácticas holísticas. Añadió que la paz cristiana no evade la realidad, sino que impulsa a enfrentarla: “La paz de Jesús es la que nos hace salir a enfrentar el mundo, a agarrar el toro por los cuernos.”
El sacerdote profundizó en el simbolismo de las llagas de Cristo, afirmando que en ellas se revela la victoria de Dios sobre el dolor y el fracaso. “Las llagas se hicieron para mostrarse”, dijo, y añadió que de las heridas personales también puede surgir la gloria de Dios.
En el marco del Domingo de la Misericordia, Fajardo vinculó la paz con el perdón, señalando que “la paz del corazón se adquiere cuando nosotros perdonamos” y que el perdón beneficia primero a quien lo otorga. Invitó a la comunidad a realizar un acto concreto de perdón como signo de la Pascua.
Finalmente, retomó la figura del apóstol Tomás para reflexionar sobre la responsabilidad comunitaria en el testimonio de fe. Afirmó que muchas veces la incredulidad nace de comunidades que no reflejan al Resucitado: “Quien le falló a Tomás no fue el Señor, fue la comunidad.” En una de las frases más críticas, advirtió que algunos fieles se alejan porque encuentran “una comunidad de limones amargados, mal chupados, que no me mostraron al Señor.”
La homilía concluyó con un llamado a buscar al Resucitado, a ejercer el perdón y a construir comunidades que den testimonio creíble de la fe, especialmente en un tiempo marcado por la necesidad de paz y misericordia.

