Un nuevo informe respaldado por Naciones Unidas advierte que la creciente dependencia mundial de los sistemas digitales se ha convertido en un riesgo global capaz de desencadenar fallas en cascada que afectarían hospitales, bancos, transporte, comunicaciones y servicios de emergencia. La advertencia central es directa: una sola interrupción podría propagarse rápidamente a infraestructuras críticas y alterar la vida cotidiana a escala internacional.
La secretaria general de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), Doreen Bogdan-Martin, planteó el escenario con una pregunta que resume la preocupación: “¿Qué pasaría si nuestros sistemas digitales fallaran?”. Explicó que, en un evento de este tipo, incluso una conferencia de prensa no podría transmitirse, las luces podrían apagarse, los sistemas de pago dejarían de operar y las llamadas de emergencia enfrentarían dificultades para conectarse.
El informe describe este escenario como una posible “pandemia digital”, un colapso de infraestructuras interconectadas para el cual los sistemas actuales de gestión de riesgos no están preparados. La interdependencia es el punto crítico: una falla en la red eléctrica puede detener las telecomunicaciones; sin telecomunicaciones, los cajeros automáticos dejan de funcionar; sin sistemas de pago, comercios y servicios esenciales se paralizan. Según los datos citados, hasta el 89% de las interrupciones digitales vinculadas a desastres naturales se deben a efectos secundarios y no al impacto inicial, y el número de personas afectadas puede multiplicarse por diez.
El informe subraya que no se trata de un escenario hipotético. En 2022, la erupción del volcán Hunga Tonga-Hunga Ha’apai cortó el único cable submarino internacional de Tonga y dejó al país incomunicado durante semanas. En 1989, una tormenta geomagnética dejó sin electricidad a millones de personas en Quebec. En Europa, olas de calor recientes han provocado fallas en centros de datos y redes eléctricas sometidas a temperaturas extremas. La diferencia actual es la dependencia: una interrupción localizada puede convertirse en un efecto dominó global.
Los autores plantean escenarios plausibles, como una tormenta solar similar al Evento Carrington de 1859 que afecte satélites, comunicaciones y sistemas financieros, o una ola de calor prolongada que sobrecaliente centros de datos y reduzca la capacidad de las redes eléctricas. Lo relevante, señalan, es que muchas vulnerabilidades ya son conocidas, pero “nadie está observando realmente el sistema completo”. El informe advierte que las fallas en cascada no comienzan con un evento dramático, sino con “una convergencia de presiones tolerables que ningún operador individual está en posición de ver en su conjunto”.
Kamal Kishore, representante especial para la Reducción del Riesgo de Desastres, destacó otro punto crítico: la desaparición silenciosa de los sistemas analógicos de respaldo. “Existe una suposición implícita de que cuando fallen los sistemas digitales tendremos sistemas analógicos a los cuales recurrir”, afirmó. “Pero esos sistemas ya no están ahí”. Hospitales dependen de historiales electrónicos, comercios operan casi exclusivamente con pagos digitales y administraciones enteras nunca han funcionado sin internet. “No estamos adecuadamente preparados para los impactos en cascada sobre la infraestructura digital”, advirtió.
El informe no propone alejarse de la tecnología, sino fortalecer la resiliencia. Bogdan-Martin afirmó que “es momento de empezar a prepararnos de manera más intencional para los riesgos digitales críticos”. Las recomendaciones incluyen reforzar estándares internacionales, proteger infraestructuras esenciales como cables submarinos y redes eléctricas, recuperar capacidades analógicas de respaldo y mejorar la coordinación entre gobiernos y sector privado.
La conclusión es contundente. Según Kishore, el desafío ya no es imaginar si un colapso digital podría ocurrir. “El riesgo de un desastre digital no es cuestión de si ocurrirá, es cuestión de cuándo”.

