Por: Estrellita Fuentes
Morena y la Presidencia de la República parecen haber encontrado un nuevo eje discursivo: «México no es piñata de nadie». La frase se repite en plazas públicas, conferencias y discursos oficiales. Suena bien, apela al orgullo nacional y conecta con una emoción legítima: la defensa de la soberanía.
Sin embargo, detrás de esa consigna se esconde una pregunta mucho más profunda: ¿se trata realmente de una defensa de la soberanía o de la construcción de una narrativa política rumbo a las elecciones de 2027?
Porque si hablamos de realidades, México y Estados Unidos mantienen una de las relaciones de interdependencia más intensas del planeta. Más del 80 por ciento de nuestras exportaciones tienen como destino el mercado estadounidense. Compartimos un tratado comercial con Estados Unidos y Canadá. Millones de familias mexicanas dependen de remesas enviadas desde el otro lado de la frontera. Sectores enteros de nuestra economía, desde la industria automotriz hasta la agroexportación, están integrados a cadenas productivas norteamericanas.
Basta pensar en Michoacán. ¿A dónde irían miles de toneladas de aguacate si desapareciera el mercado estadounidense? ¿Qué ocurriría con los ingresos de productores, empacadores, transportistas y exportadores? La realidad económica es contundente: nuestras economías están profundamente vinculadas.
La integración también es cultural. Consumimos plataformas estadounidenses, escuchamos su música, utilizamos sus redes sociales, compramos en sus cadenas comerciales y millones de mexicanos tienen familiares viviendo allá. Nos guste o no, la relación entre ambos países trasciende gobiernos, ideologías y coyunturas políticas.
En suma, resulta difícil sostener un discurso de ruptura cuando buena parte de nuestra prosperidad cotidiana está conectada con nuestro vecino del norte. La soberanía no consiste en negar la realidad, sino en administrarla inteligentemente.
Ahora bien, en el terreno geopolítico, que supongo es a lo que realmente se refiere Morena cuando habla de «piñatas», la relación tampoco es nueva ni extraordinaria. Ha estado marcada por momentos de tensión, desacuerdos y conflictos de interés, pero también por décadas de negociación, diplomacia y construcción institucional. Gracias a ello existen acuerdos comerciales, mecanismos de cooperación y espacios permanentes de diálogo.
Por eso resulta preocupante que el debate público parezca reducirse a una falsa dicotomía: o se está con la soberanía nacional o se está con Estados Unidos. Como si la complejidad de una relación bilateral pudiera resumirse en una consigna.
La cooperación, la vigilancia y las operaciones de inteligencia entre Estados tampoco son una novedad ni un fenómeno exclusivo de Washington. Durante la Guerra Fría, cuando los movimientos revolucionarios y de izquierda florecían en América Latina —muchos de ellos admirados hoy por sectores de Morena—, la entonces Unión Soviética mantenía presencia e influencia a través de la KGB, mientras que Estados Unidos hacía lo propio mediante la CIA. Los británicos, los franceses y otras potencias también han mantenido históricamente estructuras de análisis e inteligencia en distintas regiones del mundo.
Pensar que únicamente la CIA observa lo que ocurre en México es desconocer cómo funciona la geopolítica contemporánea. Los Estados observan, analizan, negocian y defienden sus intereses. Así ha sido siempre.
La diferencia es que hoy pareciera que descubrir algo que ha existido durante décadas se utiliza para construir una narrativa de confrontación política. Porque mientras nos indignamos por la posibilidad de que agencias extranjeras obtengan información sobre México, pocas veces nos preguntamos por qué nuestros grupos criminales ya operan en Estados Unidos, Centroamérica, Europa, Asia e incluso África, convirtiéndose ellos mismos en actores transnacionales que obligan a la cooperación entre gobiernos y servicios de inteligencia.
Y ahí es donde aparece la verdadera contradicción.
Mientras elevamos el dedo flamígero hacia Washington, seguimos sin resolver problemas internos tan graves como la infiltración del crimen organizado en la política, la crisis de desaparecidos, la extorsión, la violencia y la impunidad. Es más fácil construir un villano externo que mirar el desorden que existe dentro de casa.
Por si fuera poco, el discurso soberanista aparece acompañado de reformas constitucionales relacionadas con la intervención extranjera. Y aquí surge una pregunta legítima: ¿dónde termina la defensa de la soberanía y dónde comienza la tentación de blindar políticamente al régimen frente a cuestionamientos externos?
Porque las sociedades necesitan patriotismo. Pero también necesitan lucidez.
El nacionalismo puede ser una herramienta de cohesión; también puede convertirse en una poderosa herramienta de distracción.
La geopolítica no funciona con emociones; funciona con intereses. Y los intereses de México y Estados Unidos están entrelazados mucho más de lo que cualquier consigna política quisiera admitir.
México no es piñata de nadie. Pero tampoco es una isla.
Y quizá la verdadera fortaleza de una nación no consiste en levantar el puño contra sus vecinos, sino en construir una relación madura, estratégica y mutuamente beneficiosa con ellos, sin perder de vista que los mayores desafíos de México siguen estando dentro de sus propias fronteras.

