Por: Pedro Hugo Montero
Claudia Sheinbaum, día tras día, deja caer la máscara de la científica serena para mostrar un rostro cada vez más autoritario.
Frente a un país acorralado por la extorsión impune contra limoneros y aguacateros, el amago de intervencionismo militar de Washington y la inminente revisión del T-MEC bajo acusaciones de triangulación china, la presidenta no parece gobernar: administra el resentimiento y despliega una trifecta perfecta para controlar la narrativa.
Tres piezas calculadas para intimidar, silenciar y victimizarse:
- La lista de medios y periodistas confeccionada desde la Consejería Jurídica.
- Los lineamientos sobre los llamados “derechos de las audiencias”, presentados bajo eufemismos regulatorios que abren la puerta a una censura suave.
- La victimización alrededor de la cancelación de la visa de Andrés Manuel López Beltrán, el primogénito del expresidente.
Como ha señalado Raymundo Riva Palacio, las listas exhiben la pérdida de hegemonía narrativa del régimen y la desesperación por contener la percepción de una asociación con la delincuencia. Pero hay algo todavía más revelador: la descarada incongruencia del discurso oficial.
La misma Sheinbaum que en el pasado condenaba las “listas negras” como expresión del macartismo y del fascismo, hoy termina validándolas desde la mañanera bajo el argumento de los “análisis de redes y bots”.
Como resumió Héctor Aguilar Camín, “se le salió la dictadora”.
Y mientras la presidenta prefiere marcar comunicadores antes que enfrentar las preguntas incómodas, la contradicción se vuelve cada vez más evidente.
La maniobra ha sido tan visible que periodistas como Carmen Aristegui y Joaquín López-Dóriga han cuestionado públicamente la narrativa oficial. Mientras Luisa María Alcalde señala nombres desde el atril presidencial, Palacio insiste en que “no hay listas”, pero al mismo tiempo presume encuestas y análisis para justificar señalamientos contra medios que, según el gobierno, “mienten”.
El discurso dice una cosa. Los hechos parecen decir otra.
Y la presidenta, mientras tanto, deja correr el trabajo político desde Palacio mientras intenta conservar una imagen de ecuanimidad.
Pero es en la tercera pata de este triplete donde el teatro de la 4T termina chocando contra la pared.
Tras la cancelación de su visa, Andrés Manuel López Beltrán dirigió una vehemente misiva a Donald Trump en la que calificó a funcionarios estadounidenses de “hitlerianos” y “politiqueros”.
El hijo del fundador del movimiento acusa de fascismo al extranjero mientras, en México, el gobierno de su partido enfrenta acusaciones por la elaboración y utilización de listas contra periodistas y medios.
La paradoja resulta difícil de ignorar.
El problema ya no es solamente el discurso. Es la contradicción.
Y ahí aparece la pregunta que Claudia Sheinbaum no consigue ocultar detrás de su retórica soberanista:
¿Hasta cuándo sacrificará la diplomacia del país para proteger al clan de su mentor?
En el micrófono, Sheinbaum proclama que “en México decide el pueblo” y califica de “injerencismo” las decisiones de Washington sobre las visas.
Pero, en los hechos, la soberanía parece tener distintos tamaños.
En la misma mañanera en la que condena la intromisión estadounidense, reconoce que envió apresuradamente a su secretario de Seguridad a rendir cuentas ante una cumbre de la DEA en Argentina; presume patrullajes militares conjuntos con Estados Unidos en la frontera de Ciudad Juárez y admite haber modificado operaciones migratorias para recibir vuelos de deportación en Tapachula a petición de la Casa Blanca.
Soberanía para defender al hijo del expresidente ante señalamientos de corrupción y huachicol.
Flexibilidad cuando la agenda de seguridad estadounidense impone condiciones y el Pentágono habla abiertamente de posibles operaciones contra los cárteles.
La contradicción es demasiado grande para esconderla detrás de una consigna.
Sheinbaum no enfrenta un complot mediático internacional.
Enfrenta el desgaste provocado por sus propias contradicciones.
La científica rigurosa que se prometió durante la campaña parece haberse desdibujado. En su lugar aparece una presidenta que recurre a referencias populares, encuestas y disputas mediáticas para distraer la atención mientras el país enfrenta problemas cada vez más graves en sus fronteras, en materia de seguridad y en los mercados.
El augurio es inequívoco:
Un régimen que señala a periodistas, endurece los mecanismos de control sobre la conversación pública, dobla las manos en lo operativo ante el norte y utiliza el poder político como escudo para proteger al círculo cercano de su mentor no representa una transformación.
Es el rostro del autoritarismo cuando el poder comienza a preferir el miedo y la simulación por encima de la verdad.
#DisfrutenLoVotado

