Desde invernaderos de alta productividad hasta sensores con inteligencia artificial y biochar elaborado con residuos agrícolas, jóvenes emprendedores de Senegal, Nigeria, Ecuador y Bangladesh buscan convertir la recuperación de tierras degradadas en una actividad económica capaz de generar ingresos y mejorar la productividad agrícola.
La propuesta forma parte de una iniciativa respaldada por Naciones Unidas que busca impulsar una economía alrededor de la restauración de suelos, con modelos que no dependan únicamente de recursos públicos o donaciones, sino que puedan sostenerse mediante mercados, inversión y beneficios directos para los productores.
En Senegal, Daniel Halman, fundador de Féro, combina invernaderos de alta productividad con sistemas agroforestales. El planteamiento consiste en producir cultivos que puedan comercializarse en el corto plazo y, al mismo tiempo, destinar una parte de las tierras a árboles frutales y especies nativas.
El modelo parte de una premisa: aumentar la producción en una superficie menor puede liberar terreno para su recuperación. Halman descubrió el potencial de la restauración cuando todavía era estudiante y, después de participar en un proyecto de plantación de árboles, decidió llevar la experiencia al terreno empresarial.
“Puedes hacerlo como una ONG, pero yo específicamente elegí continuar como empresa”, explicó durante un evento de la COP17 de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, en Ulán Bator, Mongolia.
El desafío está en que la recuperación de tierras puede tardar años en generar beneficios económicos, mientras los productores necesitan ingresos en plazos más cortos. Por ello, Féro incorpora cultivos comerciales. En Senegal, la empresa identificó en la producción de cebolla una oportunidad para vincular la demanda del mercado con la restauración.
“Si podemos hacer visible la demanda por una agricultura sostenible de una manera que los agricultores lo entiendan y lo apoyen, se puede escalar mucho más”, sostuvo Halman.
Sensores para reducir el uso de agua e insumos
En Nigeria, Ritkatmun Bwemana, cofundadora de Green Eden Farms, desarrolló ScareGrow a partir de su experiencia como pequeña agricultora y de la presión que enfrentan los productores para obtener mayores rendimientos en suelos cuya capacidad productiva se ha reducido.
El sistema emplea dispositivos alimentados con energía solar para recopilar información directamente en el campo. Los datos permiten orientar decisiones sobre agua e insumos agrícolas y evitar aplicaciones superiores a las necesidades del suelo.
Para Bwemana, la utilidad de la tecnología no se mide por el número de equipos vendidos, sino por los resultados obtenidos en las parcelas.
“Queremos saber si realmente están ahorrando agua, si están utilizando menos insumos, si están usando los recursos en el momento y el lugar adecuados”, explicó. “No se trata solo de vender; nos importa cuál es el resultado de lo que vendemos”.
La lógica económica también se aplica a la restauración. “Si vas donde un agricultor y le dices: ‘esto es restauración de tierras’, si no tiene sentido económicamente para él, no lo compra”, afirmó.
Residuos agrícolas convertidos en biochar
En Ecuador, Carlos Alfredo González Vargas encontró otra vía para abordar el deterioro de los suelos: aprovechar residuos de la actividad agrícola y forestal para producir biochar.
Su empresa, Pacchar, fundada en 2021, transforma restos de madera, cultivos y otras biomasas mediante un proceso con poco o nada de oxígeno. El material resultante se incorpora al suelo y puede contribuir a retener agua y nutrientes, reducir el uso de fertilizantes y almacenar carbono durante periodos prolongados.
El esquema puede operar directamente en las fincas. Los productores reúnen y preparan sus residuos, reciben equipos y capacitación para producir biochar y posteriormente incorporan el material a sus cultivos.
Pacchar trabaja con productores de cacao, banano, rosas, hortalizas y otros cultivos en varias provincias de Ecuador. De acuerdo con cifras proporcionadas por la empresa, ha trabajado con más de 100 comunidades y aplicado prácticas de recuperación de suelos en más de 500 hectáreas.
González recuerda que el deterioro de las tierras fue uno de los motivos que lo llevó a desarrollar el negocio. “Fue realmente doloroso ver lugares que antes eran productivos, tierras agrícolas y ecosistemas, convertirse en desiertos”, señaló.
El proyecto, sin embargo, enfrentó un problema de credibilidad. Algunos agricultores cuestionaron que la propia empresa realizara las pruebas que sustentaban la eficacia de su producto.
“Estás haciendo la investigación, pero también me estás vendiendo el producto. No te creo”, recuerda González que le dijeron.
Pacchar comenzó entonces a trabajar con universidades y centros de investigación independientes para comprobar los resultados en distintos suelos y cultivos. “Las innovaciones tienen que ir de la mano de la investigación para que podamos construir credibilidad”, afirmó.
Inteligencia artificial para decidir qué sembrar
En Bangladesh, Mashrur H. Shurid enfrenta un problema distinto: la variabilidad climática ha incrementado la incertidumbre sobre las lluvias y agravado riesgos relacionados con inundaciones, sequías y salinidad.
Su empresa, Aunkur, combina sensores capaces de analizar variables como pH, nutrientes y conductividad del suelo con información meteorológica e inteligencia artificial. Con esos datos genera recomendaciones específicas para cada explotación agrícola.
Según Shurid, el sistema ya apoya a más de 33 mil explotaciones en Bangladesh y comenzó a probarse en otros países. La información busca traducirse en decisiones concretas para los productores.
“Esta es la semilla que debes seleccionar, este es el fertilizante que debes aplicar y esta es la dosis”, explicó.
Los datos también son utilizados para conectar a pequeños productores con compradores e instituciones financieras, que en muchos casos disponen de información limitada para evaluar su producción.
“Cuando vemos que los agricultores están obteniendo un valor tangible, tenemos que medirlo”, dijo Shurid. Esa evidencia puede utilizarse posteriormente ante bancos e inversionistas.
El desafío de pasar de proyectos piloto al mercado
Los cuatro emprendedores participan en una iniciativa del Centro de Comercio Internacional y la Iniciativa Mundial sobre la Tierra del G20 de la Convención de Naciones Unidas contra la Desertificación, orientada a apoyar a jóvenes con empresas ambientales y prepararlas para atraer inversión.
En su última edición, el programa Youth Ecopreneur apoyó a 225 emprendedores de distintos países y seleccionó a 25 para una fase avanzada, con asesoría en áreas como modelos de negocio y propiedad intelectual.
La apuesta es desarrollar una economía de la restauración en la que recuperar tierras también genere actividad productiva y oportunidades de ingreso.
“Necesitamos las soluciones que están surgiendo de las comunidades y que también están activando mercados, para que el cambio y la restauración sean sostenibles”, explicó Fabiola Nava, de la Iniciativa Mundial sobre la Tierra del G20.
El siguiente reto es demostrar que estos modelos pueden superar la etapa de proyectos piloto y operar a mayor escala en contextos distintos. Para la iniciativa de Naciones Unidas, gobiernos, inversionistas y mercados deberán acompañar las soluciones desarrolladas desde las comunidades.
La premisa que une a los cuatro proyectos es que la restauración de tierras puede dejar de ser únicamente un gasto recurrente y convertirse en una actividad económica si logra generar beneficios medibles para quienes producen, atrae inversión y encuentra mercados capaces de sostenerla.

